El verano y los niños
Empecemos por un extremo. Vacaciones interminables, libertad, baños, juegos y noches estrelladas. El aroma de una barbacoa, la niña esa con la que hacías castillos en la arena, aquella madrugada jugando al escondite en un pajar, esa noria del ferial desde la que ves el mundo del revés, aventuras diarias en la calle, en los libros, en la imaginación…
Vayamos al otro. Me aburro, qué hacemos, las moscas, el calor, las peleas entre hermanos desde primerísima hora, quiero un helado, he dicho que a la cama, mamá ¿qué hago?, quiero otro helado, cuándo se acabarán las vacaciones, no me apetece ir de paseo, si no te comes las lentejas te quito el móvil, me aburro, no te vuelvo a repetir que hagas la cama y recojas la habitación, quiero ver la tele, a mis amigos les dejan hasta la una, de mañana no pasa: no sales a la calle si no has leído una hora, chuches y más chuches, ¡cuándo se acabarán las fiestas!
Entre un extremo y otro, las familias intentan ajustar las reglas de juego que rigen esa convivencia excepcionalmente intensiva que se produce entre padres e hijos en vacaciones y que puede condicionar muy mucho el futuro de las relaciones familiares, sí, pero que de seguro será la huella que al futuro adulto le quedará en su relación con horarios, hábitos alimentarios, tareas domésticas y uso y disfrute de su tiempo libre y el de los suyos. Quiero con esto decir que las vacaciones, por mucho que interrumpan los estudios y trabajos reglados, son en sí mismas una oportunidad excelente para prestar atención a muchos hábitos cotidianos por los que solemos sobrevolar a lo largo del año, prisioneros siempre de asuntos más urgentes.
Pienso especialmente en la alimentación, un asunto meramente funcional para muchos, pero de gran trascendencia para la salud y la disciplina personal de los niños. Implicar a los hijos en la preparación de las comidas, recuperar el fuego lento, enseñarles a comer sin otra pedagogía que la de compartir tiempo y menú, hacer la compra, recoger los cacharros, etcétera. Son obviedades que parecen indignas de un artículo de prensa pero que irán cobrando relieve conforme se haga más palpable cuánta dejadez -en presencia familiar y en calidad de los ingredientes- impera en la mayoría de los comedores escolares, qué descontrol más alarmante supone la masificación de las dichosas chuches -¡uno no puede ir ni a la gasolinera ni a la farmacia ni a la tienda de vinos sin que atiborren a los niños a caramelos!- y qué consecuencias tiene todo ello cuando los niños se hacen mayores ignorando la fruta, la verdura o las legumbres porque sus padres eran tan ‘tolerantes’ que así se lo permitieron.
Termino el apartado con la imagen del clásico cumpleaños infantil: emparedados sin corteza rellenos de productos de ínfima calidad, bebidas gaseosas y dulzonas y todo tipo de chucherías a un lado, para los niños. Al otro, tortilla de patatas, jamón, queso, pan de levadura madre y vino bueno para los padres que vienen a recogerles. Mensaje final: la porquería para los niños.
Si me he extendido tanto con la alimentación no es sólo por su importancia nutritiva. En nuestra cultura, y creo que en casi todas, las comidas constituyen un momento principal para el encuentro familiar y en vacaciones, por mucho que se disparaten los horarios de la rutina, la capacidad para negociar esos horarios que se improvisan día a día se convierte en un tema capital a la hora de aprender a respetar a los demás. No se trata de ser rígidos, se trata de cumplir lo que se acuerda sin jugar con la paciencia ajena. Hemos quedado a comer a las cinco, pues a las cinco.
Cierto que el tema de los horarios es complicado porque choca de frente con lo que muchos consideran la esencia misma de las vacaciones: la libertad para desconectar de todo tipo de obligaciones, el máximo placer de hacer las cosas cuando te apetecen. Lo malo es que esta manera de entender la libertad -excelente cuando uno pasa sus vacaciones en solitario- es incompatible con la libertad de los demás cuando uno depende de ellos, por alucinante que sea comprobar qué común es entre los adolescentes suponer que las vacaciones de sus padres consisten en prepararles la comida, lavarles la ropa, darles pasta y llevarles de aquí para allá con la sonrisa en la boca y sin molestarse demasiado cuando se les hace esperar un poco.
La mítica imagen de la cuadrilla de niños entre cuatro y quince años correteando y gritando a las dos de la madrugada por el pueblo es para muchos la encarnación misma de la libertad. Doy fe de ello, de que la emoción de las salidas nocturnas infantiles es irrepetible y extrema… ¡siempre que sea ocasional! Cuando resulta obligatorio languidecer hasta la madrugada porque sí, al precio de sueño, catarros y otras averías, fastidiando todas las mañanas porque los niños se acostaron tarde y están zumbados, se me empieza a escapar la lírica del asunto y empieza a hervirme la sangre. Llevamos ya demasiadas décadas estirando el discurso progre y comodón con el que llamamos libertad a desentendernos de la educación de los hijos, a no querer enterarnos de dónde están, cómo se comportan, de qué modo solucionan sus conflictos, qué tipo de problemas afrontan, etcétera. Y luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando leemos las páginas de sucesos.
Ya no tengo ni espacio ni ganas de hablar de la tele, de las consolas, de las ropas, de los móviles y de toda la parafernalia consumista en la que habitan buena parte de nuestros niños para que nosotros tengamos tiempo de trabajar para afrontar los terribles gastos que su crianza genera. Suena muy inocente, pero todo sería más fácil si trabajáramos menos y estuviéramos más con ellos. Consumiríamos menos porque ganaríamos menos pero probablemente viviríamos mejor.
Tengo la impresión, en tiempos de mucho hijo único, que muchos padres todavía no se han percatado de que traer hijos al mundo no es una actividad más, acoplable a tantas otras, sino que es una responsabilidad inmensa que no puede reducirse a satisfacer sus necesidades materiales dejando que abuelos, profesores, policías, vecinos, monitores, jueces o cuidadores se ocupen del resto. En mi opinión, un hijo es un detonante -diría una carga explosiva, pero no me atrevo- que obliga a reconfigurar tu personalidad, una alquimia que destruye un modo de entender la vida para reactivar otro. Pero ¡qué ingenuidad la mía! La mayoría de los lectores considerando que las auténticas vacaciones son las que trascurren sin hijos y yo aquí, pedorreando sobre las excelencias de partir las vainas entre todos, sentados a la mesa de la cocina…
Fuente/.diariovasco.com/
