Las frutas de la discordia
Unos envoltorios de una conocida marca de gominolas desatan la polémica en Reino Unido por mostrar imágenes lascivas.
Nuevo escándalo sexual, esta vez protagonizado por dibujos animados en forma de frutas. La popular marca alemana de gominolas Haribo ha desatado la polémica en el Reino Unido ya que en diferentes envoltorios de caramelos aparecen dibujos animados gozando del sexo. En algunos casos una lima con un limón, en otros, un par de cerezas y una lima son los protagonista del triángulo sexual.
Al parecer han sido numerosos padres a los que no les ha sentado sentado demasiado bien que sus hijos vean este tipo de ilustraciones en sus paquetes de golosinas. Uno de los padres afectados ha criticado públicamente esta situación. En declaraciones al diario Daily Mail, Simon Simpkins ha mostrado su disgusto por observar como personajes de dibujos animados con sabor a fruta tienen relaciones sexuales: “El limón y lima están realizando lo que parece ser un encuentro carnal”, concluye.
En su opinión, las ilustraciones son “pornográficas”. Simpkins deduce por las imágenes que la lima es el hombre, tras lo que sentencia: “Su cara refleja una expresión especialmente espeluznante” .
Por su parte, un portavoz de la marca ha reconocido que este tipo de envases “divertidos”, que también se comercializan en España, se introdujeron en Alemania en 2002 y que desde entonces han gozado de gran popularidad.
Fuente/publico.es
El verano y los niños
Empecemos por un extremo. Vacaciones interminables, libertad, baños, juegos y noches estrelladas. El aroma de una barbacoa, la niña esa con la que hacías castillos en la arena, aquella madrugada jugando al escondite en un pajar, esa noria del ferial desde la que ves el mundo del revés, aventuras diarias en la calle, en los libros, en la imaginación…
Vayamos al otro. Me aburro, qué hacemos, las moscas, el calor, las peleas entre hermanos desde primerísima hora, quiero un helado, he dicho que a la cama, mamá ¿qué hago?, quiero otro helado, cuándo se acabarán las vacaciones, no me apetece ir de paseo, si no te comes las lentejas te quito el móvil, me aburro, no te vuelvo a repetir que hagas la cama y recojas la habitación, quiero ver la tele, a mis amigos les dejan hasta la una, de mañana no pasa: no sales a la calle si no has leído una hora, chuches y más chuches, ¡cuándo se acabarán las fiestas!
Entre un extremo y otro, las familias intentan ajustar las reglas de juego que rigen esa convivencia excepcionalmente intensiva que se produce entre padres e hijos en vacaciones y que puede condicionar muy mucho el futuro de las relaciones familiares, sí, pero que de seguro será la huella que al futuro adulto le quedará en su relación con horarios, hábitos alimentarios, tareas domésticas y uso y disfrute de su tiempo libre y el de los suyos. Quiero con esto decir que las vacaciones, por mucho que interrumpan los estudios y trabajos reglados, son en sí mismas una oportunidad excelente para prestar atención a muchos hábitos cotidianos por los que solemos sobrevolar a lo largo del año, prisioneros siempre de asuntos más urgentes.
Pienso especialmente en la alimentación, un asunto meramente funcional para muchos, pero de gran trascendencia para la salud y la disciplina personal de los niños. Implicar a los hijos en la preparación de las comidas, recuperar el fuego lento, enseñarles a comer sin otra pedagogía que la de compartir tiempo y menú, hacer la compra, recoger los cacharros, etcétera. Son obviedades que parecen indignas de un artículo de prensa pero que irán cobrando relieve conforme se haga más palpable cuánta dejadez -en presencia familiar y en calidad de los ingredientes- impera en la mayoría de los comedores escolares, qué descontrol más alarmante supone la masificación de las dichosas chuches -¡uno no puede ir ni a la gasolinera ni a la farmacia ni a la tienda de vinos sin que atiborren a los niños a caramelos!- y qué consecuencias tiene todo ello cuando los niños se hacen mayores ignorando la fruta, la verdura o las legumbres porque sus padres eran tan ‘tolerantes’ que así se lo permitieron.
Termino el apartado con la imagen del clásico cumpleaños infantil: emparedados sin corteza rellenos de productos de ínfima calidad, bebidas gaseosas y dulzonas y todo tipo de chucherías a un lado, para los niños. Al otro, tortilla de patatas, jamón, queso, pan de levadura madre y vino bueno para los padres que vienen a recogerles. Mensaje final: la porquería para los niños.
Si me he extendido tanto con la alimentación no es sólo por su importancia nutritiva. En nuestra cultura, y creo que en casi todas, las comidas constituyen un momento principal para el encuentro familiar y en vacaciones, por mucho que se disparaten los horarios de la rutina, la capacidad para negociar esos horarios que se improvisan día a día se convierte en un tema capital a la hora de aprender a respetar a los demás. No se trata de ser rígidos, se trata de cumplir lo que se acuerda sin jugar con la paciencia ajena. Hemos quedado a comer a las cinco, pues a las cinco.
Cierto que el tema de los horarios es complicado porque choca de frente con lo que muchos consideran la esencia misma de las vacaciones: la libertad para desconectar de todo tipo de obligaciones, el máximo placer de hacer las cosas cuando te apetecen. Lo malo es que esta manera de entender la libertad -excelente cuando uno pasa sus vacaciones en solitario- es incompatible con la libertad de los demás cuando uno depende de ellos, por alucinante que sea comprobar qué común es entre los adolescentes suponer que las vacaciones de sus padres consisten en prepararles la comida, lavarles la ropa, darles pasta y llevarles de aquí para allá con la sonrisa en la boca y sin molestarse demasiado cuando se les hace esperar un poco.
La mítica imagen de la cuadrilla de niños entre cuatro y quince años correteando y gritando a las dos de la madrugada por el pueblo es para muchos la encarnación misma de la libertad. Doy fe de ello, de que la emoción de las salidas nocturnas infantiles es irrepetible y extrema… ¡siempre que sea ocasional! Cuando resulta obligatorio languidecer hasta la madrugada porque sí, al precio de sueño, catarros y otras averías, fastidiando todas las mañanas porque los niños se acostaron tarde y están zumbados, se me empieza a escapar la lírica del asunto y empieza a hervirme la sangre. Llevamos ya demasiadas décadas estirando el discurso progre y comodón con el que llamamos libertad a desentendernos de la educación de los hijos, a no querer enterarnos de dónde están, cómo se comportan, de qué modo solucionan sus conflictos, qué tipo de problemas afrontan, etcétera. Y luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando leemos las páginas de sucesos.
Ya no tengo ni espacio ni ganas de hablar de la tele, de las consolas, de las ropas, de los móviles y de toda la parafernalia consumista en la que habitan buena parte de nuestros niños para que nosotros tengamos tiempo de trabajar para afrontar los terribles gastos que su crianza genera. Suena muy inocente, pero todo sería más fácil si trabajáramos menos y estuviéramos más con ellos. Consumiríamos menos porque ganaríamos menos pero probablemente viviríamos mejor.
Tengo la impresión, en tiempos de mucho hijo único, que muchos padres todavía no se han percatado de que traer hijos al mundo no es una actividad más, acoplable a tantas otras, sino que es una responsabilidad inmensa que no puede reducirse a satisfacer sus necesidades materiales dejando que abuelos, profesores, policías, vecinos, monitores, jueces o cuidadores se ocupen del resto. En mi opinión, un hijo es un detonante -diría una carga explosiva, pero no me atrevo- que obliga a reconfigurar tu personalidad, una alquimia que destruye un modo de entender la vida para reactivar otro. Pero ¡qué ingenuidad la mía! La mayoría de los lectores considerando que las auténticas vacaciones son las que trascurren sin hijos y yo aquí, pedorreando sobre las excelencias de partir las vainas entre todos, sentados a la mesa de la cocina…
Fuente/.diariovasco.com/
Mercado con «buen rollo»
El espigón de Fomento acoge hasta el domingo ‘Las Noches del Puerto’, un compendio de artesanía y gastronomía tradicional.
El espigón central de Fomento, solitario el resto del año, tiene estos días un aliciente para paseantes, turistas y curiosos. Se trata del Mercado de las Noches del Puerto, que, por cuarto año consecutivo, vuelve a Gijón con artesanía y productos tradicionales. Desde el 30 de julio hasta este domingo, 16 de agosto, todo el que lo desee puede adquirir pulseras de cuero, bolsos, pendientes, colgantes, jabón ecológico y productos de lo más variopinto, todos ellos elaborados de forma artesanal. Para el que prefiera disfrutar de delicias gastronómicas, también cuenta con puestos de comida tradicional. Empanadas, chorizos, bollos preñaos, caramelos y frutos secos son unos pocos ejemplos de lo que se puede encontrar dando una vuelta por los puestos del mercado, que cuenta con un bar con terraza, donde poder tomarse unas sidras contemplando el Puerto Deportivo.
María Meana organiza el mercado. Además, elabora joyas con plata de manera artesanal. «Primero hago el diseño y preparo el molde que voy a utilizar. Luego fundo la plata, la pulo, la decoro con azabache o brillantes y, por último, la sueldo», explica. María destaca que «lo mejor de este mercado es que es una feria participativa y hay muy buen rollo». Óscar López viene desde Navarra con Miren, su mujer. Ambos regentan un puesto de frutos secos bañados de caramelo llamado Art-Tafaylla. Óscar es nieto del artesano que ideó los famosos caramelos de El Caserío. «Heredé este caldero de mi padre, que a su vez lo heredó de mi abuelo y no lo cambio por nada del mundo», afirma mientras tuesta unos piñones.
Taller de pintura
La novedad del mercado este año, es el taller de pintura para todos los públicos, consistente en dibujar estampas del Puerto que serán expuestas los días que dure el mercado. Klara Konkoly-Thege dirige esta actividad. «El objetivo es animar a la gente a expresarse y dejar libre su fantasía», explica. «La mayoría de los que dibujan son niños. Los adultos son más tímidos», añade mientras cuelga un dibujo en un mural. Carmen García, del Obrador San Cosme, elabora bollos preñaos, empanadas y otros productos tradicionales asturianos. «El mercado se consolida, viene gente de fuera y como ye pequeñín, nos conocemos todos», afirma.
El principal problema que todos los artesanos señalan es el mal tiempo. «Hubo días de tener que cerrar y marchar de lo que llovía», explica María José Pérez, de Indi-Cuero. La crisis también se hace notar. «La gente está reacia a los precios», afirma María Meana. Según Óscar López, «en Gijón, la gente sabe diferenciar los productos y apreciar la calidad y eso ayuda ante los ‘piratas’».
Fuente/elcomerciodigital.com/
La Plaza, Mercado Gastronómico Urbano de Madrid
El pasado mes de junio durante cuatro días en la Plaza Mayor de Madrid tuvo lugar la XV edición del Mercado Gastronómico Urbano, La Plaza, un proyecto organizado por la Fundación Temas de Arte y el apoyo del Ayuntamiento de Madrid que se celebra trimestralmente en las diferentes plazas de la ciudad desde hace años y coincidiendo con cada periodo estacional, para así poder exponer los productos de temporada. Es un mercado urbano donde se exponen los productos tradicionales y con denominación de origen de muchas zonas de España, con el que se intenta acercar los productos, tradiciones y cultura gastronómica a la ciudad. En esta última edición, y como viene siendo tradicional, hubo un país invitado, en este caso, Marruecos.
Un mercado móvil que se ha convertido en habitual de las plazas madrileñas desde hace años, un proyecto que fue muy promocionado en sus inicios en la ciudad, incluso con un autobús que recorría durante semanas las calles de Madrid. Esta “plaza” cuenta también con actividades paralelas como una escuela de cocina, actividad realizada en colaboración con la escuela de cocina El Alambique, junto a este mercado móvil también le acompaña una cervecería de una conocida firma, que instala un gran terraza para que todos sus visitantes puedan coger fuerzas durante su visita. Todo el que se acerca mientras observa y compra productos puede participar en diferentes sorteos que se van celebrando durante las jornadas, con regalos de lotes de productos selectos, en esta última edición también este mercado fue ambientado con música en directo.
Es fácil encontrarse por esta plaza a críticos gastronómicos, periodistas, restauradores, chefs y responsables del sector de alimentación, todos ellos invitados por la organización. El recorrido por esta plaza en esta XV edición nos acercaba un poquito de todo, bollería artesana de Galicia junto con algún otro puesto de productos gallegos, donde las empanadas no podían faltar. En quesos destacaba La Dehesa de Vélez, de Trujillo, que nos daba a degustar su queso manchego de oveja que cuenta con el primer premio nacional, junto a este exquisito queso le acompañaban queso de oveja al romero, queso de la Alpujarra, queso manteca al Brandy, o el queso denominado el saquito, cremoso con intenso sabor. Jamones y embutidos satisfacían a los visitantes, algunos puestos limitándose a vender bocadillos de jamón ibérico, otros, como el caso de la joven firma Viandas de Salamanca ofreciendo degustación y venta de sus productos ibéricos donde encontramos jamón, chorizo o salchichón. Un puesto interesante, el del azafrán, donde ese olor tan característico te atraía hasta sus productos llegados de Teruel, a la venta dos tipos de azafrán, por un lado azafrán de cosecha propia de este año y temporada, con un color intenso y un precio mas elevado que la segunda clase de azafran que tenian a la venta, perteneciente este a cosechas anteriores, le acompañaban también otros productos como el licor de azafrán o el queso con azafrán.
Elaborando rosquillas
Asturias ofrecía la buena sidra a los visitantes y desde el País Vasco la firma Mañeko ponía productos naturales artesanos y recién hechos, ya que fuimos testigos de la elaboración de sus rosquillas en el mismo puesto, o de los llamados Keys, bizcochos de naranja o chocolate, también los tradicionales cocos, eso sí, aptos para celiacos. Portugal nos traía hasta Madrid sus tradicionales pasteles de Belén, mas dulce de la mano de una gran variedad de gominolas y caramelos artesanos que llegaban desde Barcelona, hechos a partir de frutas naturales, destacar la gominola de sandia, de cereza, o de mora, y una diferente gominola de coca cola, para terminar los dulces que mejor que los helados de Málaga, donde un buen helado de gazpacho me convenció de la calidad de sus variedades, importante también la variedad de sus helados de turrón, y muy curiosa su variedad de helado de chuchearías.
Coctelería a base de orujos y destilados la elaboraba una firma gallega con D.O. de Monterrei. Córdoba estaba representada con los vinos Pérez Barquero, ofreciendo cata de algunos de sus caldos. En esta plaza un país invitado, Marruecos, donde estaban presentes restaurantes y comerciantes ofreciendo sus productos y costumbres, también escuela de cocina marroquí donde poder conocer algunos de sus productos y sus elaboraciones.
Marruecos presentó sus productos más tradicionales
Trimestralmente se celebran estos mercados móviles en diferentes plazas de Madrid, este último, en la Plaza Mayor, resultó un proyecto interesante para los comerciantes participantes que veían cómo sus ventas aumentan por la afluencia de público que acude a estos encuentros y es lo que más se agradece en tiempos de crisis.
Fuente/afuegolento.com/
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